....EL VUELO DE LA LIBELULA DE ODALY´S CARMINA.......

12/16/2012

No siempre la curiosidad mata al gato.




Es un día ordinario; escuela, libros, uniforme; mi reloj de pulsera a medio colgar de mi muñeca que es mi músculo suplente para sujetarme de la puerta del bus que me conduce a mi centro escolar -¡Buen día compañeros, les saluda Flavia...!- Dios, soy tan amena, la educación de mi madre así me lo diseña; saludar airosa, con una leve seña- Ya en el pasillo, me dirijo a toda prisa hacia al salón donde, desafortunadamente, Viviana, esa chica de melena larga y fuerte, se sentó enfrente, era mi pupitre. Debo confesar que me agradaba la idea de ver, en primera fila, a ese hombre, a ese ser tan inteligente, elegante y perfumadísimo catedrático, que alocaba mi mente. Ese día, gracias a la enorme cabeza de ella, me perdería la primicia de verle llegar y encumbrar el aula que a diario y por seis horas habitaba.

En el receso de clases, que oficialmente es de treinta minutos; el cual a voluntad nuestra es de cuarenta y cinco minutos porque nos gusta entretener con chismecillos a la señorita encargada del timbre, a la cual siempre regañan por timbrar después de la hora señalada. Desayunaba un raquítico emparedado casero, -me pasé de mostaza- me dije. Y entre el bullicio me pareció escuchar un grito de auxilio. Traté de aislar el exagerado ruido y ya no pude escuchar nada en ese momento. No me tranquilizó la idea de no volver a oírlo. Al contrario, mi curiosidad se acrecentó, cuando el timbre sonaba. De regreso, el banco ya no estaba ocupado, ella faltaba. Habían pasado cerca de diez minutos, cuando el subdirector del plantel algo nos avisaba. No le escuché claramente, creo que al maestro justificaba, lo cual no me importó, mi mente estaba absorta en que ella no estaba. Tampoco llegó mi maestro. Mientras el maestro auxiliar llegaba, salí sin pedir permiso y me dirigí al patio, alguien trató de detenerme, no le hice caso. Había que atravesar la cancha de basquetbol que quedaba al centro de las instalaciones para llegar a los baños; hacía a penas unos momentos que había escuchado ese grito, distinto a lo que se generaba diariamente en el receso y tal parecía que provenía de un lugar cerrado. Alguien me alcanzó la mano, cuando una puerta me disponía a abrir. Era Paulina, una compañera nueva, que también al baño se dirigió, supongo, tras de mí. Me dijo que ese excusado no servía. Quería que se fuera y en lugar de ello encendió un cigarrillo y procedía a observarme detenidamente. Nunca he sido paciente y en un descuido de ella, abrí la portezuela del baño individual. Mi sorpresa no fue el fuerte golpe que sentí en la cabeza, si no que alcancé a ver un boquete en la pared, que después supe hasta donde dirigiría. Cuando caía hacia un costado, vi la diadema de Viviana tirada en ese vertical precipicio. 

Cuando reaccioné, estaba ya en la enfermería de mi escuela; y el personal negaba lo que yo había visto; Paulina seguía a mi lado hasta ese momento. Llamaron a mi madre, le dijeron que había recibido un fuerte golpe en la cabeza mientras iba al baño y que probablemente alucinaba. Me llevaron a un hospital. Sedada aún, sé que me desperté cuando en el noticiero anunciaban la desaparición de Viviana. La habían secuestrado. Yo no quise regresar más a mi escuela; todo a mi madre contaba, ella confió en mí y entre saber y no, ya no hicimos nada.

Pasado un mes, por el camino a mi casa, sentí tras de mi andar, una mirada, fuerte y pesada, que me hizo girar, pero no vi a nadie, algo no me cuadraba y me hizo transpirar. De la escuela supe, que mi famoso maestro aún ahí clases daba. A la hora de la salida lo esperaría, necesitaba con él platicar, tal vez él si me escucharía. Lo vi salir de la escuela, algo desaliñado, distraído, ausente y pálido, pero muy perfumado. Lo seguí sigilosamente hasta lo que creí era su casa, para todos rumbos discretamente miraba, mientras su llave giraba en la cerradura del portón que bloqueaba la segunda entrada; no sé si ya escrito estaba que bien no la cerraría; así que entré, mi curiosidad me mataba; por precaución, dejé la puerta abierta, muy abierta mientras atrás de una caja enorme me ocultaba. De pronto, él recibió una llamada que lo hizo salir corriendo, se fue en su automóvil huyendo. Entré a la casa, supuse ya nadie estaba. Y otra fue mi sorpresa, encontré a Viviana amordazada a una cama sucia y sencilla, me dio un vuelco enorme mi corazón ver a esta chica aprisionada dentro de una recámara con la puerta abierta que frente a mí quedaba. Marqué en mi celular a mi madre quien llamó a la policía y casi de inmediato arribaron al lugar; supongo ya sabían a donde llegar, enseguida la desataron. Ya en el hospital, Viviana me agradeció con tanta ternura; hasta me pidió perdón por ser grosera conmigo, por sentarse enfrente de mí y a propósito taparme con su larga y fuerte cabellera.

Mientras curaciones le practicaban a ella, las noticias, nuevamente, anunciaban algo relacionado con mi ahora amiga: La banda de malhechores había sido capturada; entre ellos estaba Paulina y ese flamante y perfumado maestro y otras dos personas que Viviana no reconocía.

Todo llegó a fin. Pero habían manchado la reputación de mi escuela, sin embargo;  gracias a que salimos vivas de este hecho siniestro, aclaramos todo y con las investigaciones respectivas, las autoridades constataron que nadie más tuvo que ver con éste secuestro.

Aún no me gradúo de bachillerato; tengo diecisiete  años; pero mi fe, tal cual, me no me permite estar quieta. Quiero servir a la investigación policíaca; quiero ayudar a encontrar personas y reunirlas nuevamente con su familia. Mi curiosidad, es mi gancho perfecto, mi músculo suplente para no sucumbir en el intento.

(Enero del 2012)